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Los paseos de Camilo y Renato

geomar

Posiblemente ya hayas escuchado hablar de Camilo y Renato ¿No? Entonces puedo apostar que no vives en la selva, porque si vivieras ahí seguramente los conocerías.

Bueno, no es tu culpa no vivir en la selva, así que permite que te cuente quienes son Camilo y Renato, para que sepas algo que tus amigos no conocen.

Camilo y Renato son hermanos. Camilo es un pequeño león color miel que sueña con tener una gran melena cuando crezca, si fuera humano se parecería mucho a esos adolescentes rebeldes y roqueros con los pelos parados. Hace travesuras todo el día pero no por ser malo, sino por inquieto y curioso, que cree que sabe todo pero cuando le están curando los raspones y cortadas en las rodillas se da cuenta que le queda mucho por aprender.

Renato es un pequeño leopardo amarillo con manchas negras… sí, leíste bien, es un leopardo. Entiendo tu cara de asombro ¿cómo puede ser hermano de un león? Muy sencillo, los papás de Camilo y Renato son un león y una leopardo que se conocieron al refugiarse en una cueva durante una tormenta muy grande; seguramente tienes un compañero cuyos papás son muy diferentes físicamente, y tu amigo y sus hermanos se parecen más a su papá o su mamá; lo mismo pasa con Camilo y Renato, Camilo se parece a su papá y Renato a su mamá, quien dice que Renatín (porque así lo llama) es como un sol para ella por estar siempre de buen humor y muy dispuesto a obedecerlos, aunque tal vez también lo diga porque es un poco cachetón, y su rostro redondo le recuerda al sol sobre todo cuando sonríe.

Camilo es el hermano mayor, camina muy seguro con sus piernitas largas y se siente todo un galán. Renato todavía anda en sus cuatro patas y sigue a Camilo a todos lados, en parte porque se divierte mucho viendo las travesuras que hace Camilo y en parte porque siempre tiene que ayudarlo a salir de los problemas en que se mete, así que aún tan pequeño ya es muy responsable. Claro que nunca se alejan mucho de su casa porque su papá les tiene prohibido llegar tarde a comer, pues quiere que crezcan sanos, pero como son chiquitos su pedazo de selva se les hace muy grande y pueden pasar horas explorándolo sin perder de vista su casa, una cueva amplia y soleada en lo alto de una colina siempre verde.

 

El árbol

Ahora que sabes quiénes son estos hermanos, te voy a contar lo que les pasó durante uno de sus recorridos, una soleada y apacible mañana de primavera.

Pues ahí iban los dos, Camilo marcando el paso muy seguro, echando la barriguita por delante, y Renato sonriente siguiendo el ritmo, volteando para todos lados para seguir el vuelo de muchos insectos zumbones que revoloteaban entusiasmados por la gran cantidad de flores que había esa primavera. De repente Camilo se detuvo en seco, y Renato casi chocó con él, pero se detuvo a tiempo y le preguntó:–¿Qué pasa Camilo?

-Pero Camilo ni caso le hizo, sólo miró muy alto arriba de su cabeza y silbó muy bajito, como si se desinflara. Renato se paró a su lado, levantó también su cara cachetona y exclamó “¡Qué arbolote!”

Estaban viendo un tronco de árbol muy grueso, con muchas grietas y de color café grisáceo, que se levantaba por encima del follaje de las plantas de alrededor.

  • ¿De dónde salió? –dijo Renato sentándose al lado de su hermano.
  • De unas semillas mágicas –respondió Camilo muy serio acariciando la corteza del árbol.
  • ¿Mágicas? –preguntó Renato abriendo sus ojitos como platos, así de redondos.
  • Claro –le dijo Camilo muy seguro- ¿Recuerdas el cuento de “Juanito y los frijoles mágicos” que nos contó papá? Es lo mismo.
  • Oooh –dijo Renato abriendo la boca como un círculo.
  • Y arriba debe haber un castillo –continuó Camilo.
  • Oooh –repitió Renato.
  • Y dentro del castillo debe haber una gansa que pone huevos de oro.
  • Y un gigante gordo y feo –recordó Renato
  • Ah sí, eso también –asintió Camilo-. Pero lo importante es la gansa.
  • ¿Por qué?
  • Pues porque las gansas tienen plumas, y si rescatamos la gansa podremos pedirle que nos regale plumas para llenarle su almohada a la abuela, que ya sabes cómo se queja de que no puede dormir bien.
  • ¡Qué buena idea! –exclamó Renato con entusiasmo.
  • Pues voy a subir por la gansa –dijo Camilo hinchando el pecho como cuando respiras muy profundo, sintiéndose todo un héroe de la Edad Media, con armadura y lanza en mano.

Y entonces abrazó el tronco pegando la barriga tanto como pudo, luego dio un pequeño brinco y subió sus piernitas a los lados. Con un pujido estiró el cuello para avanzar la cabeza tanto como pudo, esforzándose por levantar las manos y las patas un poco más. Y ahí estaba Camilo, entre pujido y resoplido, levantando tantito una mano, luego un pata, luego la otra mano, la otra pata, y así dale y dale por un rato, hasta que escuchó que Renato le decía.

– ¿Vas a tardar mucho?

Camilo miró hacia abajo, porque desde que comenzó a trepar no había dejado de mirar hacia arriba, y vio que Renato estaba sentado a pocos centímetros de él en el suelo y mirándolo muy sonriente. Pobre Camilo, con tanto esfuerzo y estirón, apenas había avanzado unos centímetros, porque sin darse cuenta, cada vez que subía una mano, volvía a bajar tantito la otra, y lo mismo con sus patas. Resopló con disgusto al darse cuenta lo poco que había subido, pero como hermano mayor no podía quedar mal frente a Renato, así que le respondió muy seguro de sí mismo:

  • Es un trabajo difícil y hay que hacerlo despacito y con cuidado, no quiero que el gigante se dé cuenta.
  • Oooh –volvió a decir Renato, admirado de la inteligencia de su hermano mayor.
  • Y ahora, no hagas ruido, voy a seguir subiendo.

Y Renato asintió moviendo su cabeza muy rápido, pero en silencio porque había entendido bien.

Camilo apenas alcanzó a subir otra vez su mano derecha cuando escucharon una voz muy fuerte y grave, que parecía venir de entre las copas de los árboles.

  • ¿Quién está ahí? –dijo la voz haciendo retumbarles los oídos.

¡Qué susto!

Camilo se soltó sin pensarlo y cayó con un sonoro ¡plaf! encima de su hermano, y luego los dos echaron a correr para todos lados, sin ton ni son, hasta que hicieron lo único que se les ocurrió para enfrentar una situación así: se abrazaron y cerraron los ojos fuertemente, pegados cachete con cachete.

Escucharon que algo bajaba desde las copas de los árboles y Renato, que había quedado volteado hacia el lado donde estaba el tronco enorme, abrió un ojo para ver qué pasaba, pero lo cerró de nuevo y sólo pudo gritar:

  • ¡Una serpiente!
  • ¡Ahhh! –gritó Camilo.
  • ¡Ahhh! –gritó también Renato, y se abrazaron más fuerte.
  • Vaya, vaya –oyeron que decía la voz -. Qué par de niños revoltosos me encuentro aquí. Déjenme verlos de cerca.

Entonces sintieron que la serpiente los rodeaba y levantaba con mucho cuidado del suelo, y ahí iban los dos, moviendo las patitas en el aire.

  • Jo jo jo –escucharon una risa tan grave como si fuera un tambor-, pero si son los hijos de Fortunato y Rosa.

Camilo y Renato no aguantaron más la curiosidad y abrieron los ojos, para mirar de frente una cara enorme, plana y gris, con un par de ojos grandes y negros que los miraban alegremente.

  • Hola –dijo Renato regalándole una de sus enormes sonrisas.
  • ¡Una montaña con ojos! –exclamó Camilo que no salía de su asombro, y con los pelos más parados que de costumbre, porque seguía un poco asustado.
  • ¡Montaña! Jo jo jo –volvieron a escuchar esa voz grave-. Y antes una serpiente, sí que tienen imaginación pequeños.
  • ¿Entonces quién eres? –preguntó Camilo dejando de patalear.
  • Soy Borombún, el elefante más viejo del sur de la selva –les dijo bajándolos con cuidado para ponerlos de nuevo en el suelo-. Y ustedes son Camilo y Renato ¿Verdad?

Renato volvió a asentir moviendo su cabecita rápidamente, muy sonriente, y Camilo cruzó los brazos sobre el pecho tratando de recuperar su aplomo, y respondió:

  • Sí ¿Cómo lo sabes?

Borombún dobló las patas y se recostó en el suelo frente a ellos para platicar más cómodo, y así acostado todavía parecía una enorme montaña, pero ya no asustaba a los hermanos.

  • Cuando se es tan viejo como yo se aprenden muchas cosas, y sé que aquí, en la cueva de la colina, viven un pequeño león de gran melena –y con su trompa revolvió el pelo de Camilo haciendo que Renato soltara una carcajada- y un pequeño leopardo de enorme sonrisa –y acaricio la barbilla de Renato, quien rió más fuerte-. Los hijos de mi buen amigo Fortunato, el león.
  • ¿Y qué haces aquí? –dijo Camilo tratando de peinar sus pelos parados.
  • Voy camino a la pradera del norte, y me detuve un momento a descansar bajo la sombra de estos árboles, estaba quedándome dormido, pero de repente sentí que alguien me encajaba sus garras en la pata –añadió como si regañara a un sobrino travieso.
  • Camilo quería subir al árbol para bajar la gansa del castillo –explicó Renato, pero el elefante puso cara de que no entendió una sola palabra.
  • A ver, explícame eso con más calma –pidió Borombún. Y Camilo le contó todo, incluyendo además el cuento de “Juanito y los frijoles mágicos”.
  • Muy interesante –dijo Borombún cuando terminó de hablar Camilo-, pero ¿Para qué querían bajar a la gansa de los huevos de oro?
  • Para la almohada de mi abuelita –dijo otra vez Renato, entusiasmado.
  • ¿Cómo? –preguntó de nuevo Borombún con expresión de asombro.
  • Para que nos regalara plumas y poder hacerle una almohada a la abuela –aclaró Camilo.
  • Ah, entiendo, pero ¿No sería mejor pedirle uno de sus huevos de oro?
  • No –respondió Camilo muy serio-, sería muy duro para usar de almohada. Y Renato asintió respaldando a su hermanito.

Borombún sonrió y rió suavemente, pero aún así la tierra retumbó.

  • Bueno –dijo finalmente-, pues no encontrarán ni gansa, ni castillo ni ogro en mi lomo –y Camilo y Renato bajaron sus cabecitas con tristeza-, pero sí puedo ayudarlos a hacer una buena almohada para su abuela- añadió alegre poniéndose de pie.

El elefante se levantó tan alto como era, de manera que su cabeza se perdió entre las ramas de los árboles más bajos, y escucharon cómo hacía ruido mucho más arriba aún, allá donde llegaba su larga trompa. Un rato estuvo así, sin que pudieran ver lo que hacía, y sólo escuchaban el crujir y romperse de algunas ramas. Finalmente bajó de nuevo la cabeza y extendió la trompa hacia ellos, sujetando un gran ramo de flores que parecían plumas rojas y blancas, muy olorosas y frescas.

  • Tengan –les dijo- lleven estas flores y llenen con ella una almohada para su abuela, les aseguro que no hay relleno más suave que este, igual que unas plumas de gansa.
  • ¡Muchas gracias! –exclamó Camilo tomando un gran manojo de flores y poniéndolas en el lomo de Renato, quien prácticamente desapareció debajo de ellas.
  • Sí, gracias –dijo el leopardo bebé, del que sólo asomaban sus patas debajo de las flores.
  • De nada –respondió Borombún entregando las últimas flores a Camilo-. Los niños bien intencionados siempre obtienen lo que necesitan, aunque no sea exactamente lo que quieren, jo jo jo. Y creo que es hora de que regresen a su casa, ya va siendo hora de comer, y yo debo seguir mi viaje.
  • Sí, ya mismo volvemos a casa –dijo Camilo, quien asomaba su cabeza por entre las flores que abrazaba.
  • Sí, a casa –repitió Renato.
  • Excelente, me despido entonces –dijo Borombún-. Saluden a sus padres de mi parte, y cuídense.
  • Sí, lo haremos. Adiós –respondió Camilo, comenzando a caminar de regreso a su casa.
  • Lo haremos, adiós –dijo Renato siguiéndolo, como si fuera una tortuga con caparazón rojo y blanco.

Borombún los vio marchar y luego se dio media vuelta, para seguir su camino a la pradera del norte.

Los papás de Camilo y Renato se sintieron muy contentos de saber que su amigo Borombún había conocido a sus hijos y los había ayudado en su pequeña aventura; sabían que el viejo elefante los saludaría en su viaje de regreso, como hacía cada año. Pero más contentos estuvieron de ver a sus hijos rellenar con tanto entusiasmo la almohada de la abuela, que a partir de esa noche durmió plácidamente disfrutando la suavidad y el aroma de las flores, un obsequio mucho más valioso para ella que incluso un huevo de oro.

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